Por Camila García* y Mauro Brissio**

Sobre la manera como el odio se desplaza, circula y es capitalizado por una minoría política que, en connivencia con los grupos de poder, influye a través de las fake news y el manejo de las redes para producir malestar social. Es necesario diseñar estrategias para la discusión democrática de lo público.

Las redes sociales han evolucionado tanto en los últimos años, que ya nadie duda de la influencia que tienen en la actividad económica, cultural, social, y especialmente política, de todo el mundo. Su poder radica en que, a diferencia de otros medios de comunicación, en éstas todos pueden expresarse libremente, incluso violando las restricciones establecidas en el derecho a la libertad de pensamiento y expresión.

Ellas constituyen una forma de comunicación distinta a la que permitían los medios masivos tradicionales, en los que existía un solo emisor y millones de receptores. Hasta finalizado el siglo XX, éramos receptores del mensaje sin posibilidad de que nuestros reclamos y opiniones pudieran ser escuchados. Hoy estamos frente a una circulación de información personal que estandariza las preferencias, las demandas, poniendo en lenguaje de algoritmos esas expresiones, empaquetándolas como si fuesen una mercancía que identifica intereses y demandas que llegan a los políticos y los formadores de opinión. En este proceso, el individuo se enajena de su condición y se convierte en un cúmulo simbólico de opiniones estandarizadas que son mediatizadas y recopiladas por quienes quieren influir de alguna manera u otra en la opinión pública.

Esta mediatización produce una individuación en la que se refuerza la divergencia de las identidades difuminando el sentido de lo colectivo propio de las sociedades de masas de mediados del siglo XX. Es así como se fortalecen los individuos en sus gustos, particularidades y consumos culturales en detrimento de las identidades colectivas, es así como en esta etapa emergen una variedad de ofertas de consumo que serán los cimientos de las sociedades hiper fragmentadas del futuro.

La explosión de internet y de las redes sociales intensificaron este proceso produciendo y reproduciendo guetos (Pariser, 2017) con capacidad de interacción, que se retroalimentan entre sí creando climas de opinión y grupos de intereses que muy poco se condicen con la realidad.

En estos microclimas lo falso es creíble y lo creíble es una herramienta para contradecir a otros guetos, es así como el odio crece y se retroalimenta amontonándose para compartir su representación del mundo. Frente a esta fragmentación, el sociólogo español, Manuel Castells nos recuerda que “aunque los medios de comunicación están interconectados a escala global, los programas y mensajes circulan en la red global, no estamos viviendo en una aldea global sino en chalecitos individuales, producidos a escala global y distribuidos localmente” (Castells, 1999).

El odio se desplaza, circula y es capitalizado por una minoría política que en connivencia con los grupos de poder influyen a través de las fake news y el manejo de las redes en estos guetos de opinión. De esta forma se genera un malestar social que luego traspasa al ámbito de lo público debilitando los ámbitos de discusión política, agrietándolos, construyendo antinomias debilitando el debate de ideas.

Las redes actúan como grandes imanes que atraen a los individuos para que encajen como una pieza de tetris en estos espacios virtuales de opinión. El gurú de la tecnología, Eli Pariser, denominó a este proceso «filtro burbuja» y lo entiende como “una selección personalizada de la información que recibe cada individuo que lo introduce en una burbuja adaptada a él para que se encuentre cómodo”.

El problema de estos espacios es que están condenados a involucionar ya que solo pueden generar intolerancia hacia el que piensa distinto porque no ven más allá del horizonte autoritario que su ideología les permite. Estos microgrupos de odio se sienten cognitivamente cómodos insultando y descalificando porque es el modo que encuentran para vehiculizar su rechazo a los proyectos populares ya que consideran que son la génesis de los males del siglo XXI.

Las redes aumentan la velocidad con que se expande el odio. Fuera de estos guetos hay heterogeneidad, dentro de ellos el algoritmo construyó un tapiz homogéneo que se retroalimenta endogámicamente. Si no pensamos de forma urgente políticas orientadas que garanticen los términos democráticos de discusión de lo público, los consensos serán un recuerdo del pasado como consecuencia de la multiplicidad de demandas de las sociedades fragmentadas.