Los recuerdos de la infancia sobre recomendaciones de los padres por ahorro doméstico están vinculados a cuidar el consumo de energía eléctrica, de teléfono, pero no de agua potable.
“No dejes la luz prendida si no vas a estar en esa habitación”. “Ojo con la duración de esa llamada; habla lo necesario”. Ni qué pensar en llamadas a larga distancia, que eran como un telegrama.

Pero nunca había alerta sobre ahorrar agua, esa misma que no solo se utilizaba para beber, sino para ducharse, lavar la vajilla, la ropa, regar plantas y jardines, limpiar la vereda de la casa o lavar motos y automóviles. Agua potable de alta calidad para cualquier uso y en abundancia.
Siempre fue barata en Uruguay, en contraposición con el costo del servicio de luz, combustibles o teléfono, servicios más caros que los países vecinos.

El agua potable fue siempre destacada en el país por su calidad y por cumplir las condiciones de incolora, inodora e insípida. Y aunque se supone que no tiene sabor a nada, muchos se jactaban de decir: “¡qué rica es!”.
Uruguay es un país chico rodeado de ríos y océano, con una capital construida frente al mar, con una cadena de playas que van de oeste a este, con decenas y decenas de balnearios uno al lado del otro. Y su interior está cruzado de ríos y arroyos, en los que es común beber agua en verano, refrescarse e incluso utilizar por gente de campamento para uso cotidiano como si fuera salida de la canilla.

Además, es un Estado que está encima del Acuífero Guaraní, que es un gigantesco reservorio natural de agua dulce.

¿Cómo pudo pasar que los uruguayos fueran sacudidos por una crisis que amenazó con dejarlos sin agua potable, y que los enfrentó a un deterioro de calidad del agua que llevó a generar una sobredemanda de agua mineral embotellada?

La crisis hídrica que lleva tres años (¡tres años!) no solo golpeó en la vida cotidiana de la gente y en la necesidad de aumentar el gasto por comprar en almacén o supermercado algo que se obtenía sin problema alguno en cada casa, al abrir el grifo. También golpeó en el orgullo del uruguayo, gente de un país chico que siente que generalmente el mundo le ignora o le confunde con Paraguay, salvo con algún destaque futbolístico o una tragedia (como la de Los Andes en 1972).
Ese golpe al orgullo pasó cuando en el exterior comenzó a hablarse con exageración de la crisis o deformación del caso, como que no salía agua de las canillas, o que explotaban los calefones, o que el olor o sabor era insoportable para el consumo.

Lo cierto es que Uruguay sufre una sequía sin antecedentes en los registros históricos que determinó que se fuera vaciando la represa que abastece a Montevideo y algunas zonas aledañas. El resto del país, Colonia, Punta del Este y cercanías, no tiene problemas, pero sí la capital, que es el 1% del territorio, pero también donde vive la mitad de la población.

Las reservas siempre fueron abundantes y superaban ampliamente la demanda, por lo que los planes de proyectos alternativos quedaban en segundo plano detrás de prioridades en otras áreas de infraestructura.
El gobierno actual llegó en 2020 con la idea de construir infraestructura para potabilizar agua del Río de la Plata, con una inversión de U$S 200 millones, que llega a los U$S 500 millones al combinar con el plan de saneamiento para 60 localidades del interior, pero eso recién está en proceso. Mientras tanto, la esperanza era la lluvia.

Al faltar agua de la represa de San Severino, hubo que combinar con agua del Río de la Plata que tiene componente de sal, lo que determinó que el agua de la canilla saliera cada semana con un poco más de sal.

Nunca faltó agua ni hubo riesgo de que eso pasara, pero sí la calidad fue empeorando y para personas con problemas de salud, como hipertensión, embarazadas u otras, hubo recomendación de evitar el consumo.

El gobierno dispuso acciones de emergencia, como la exoneración impositiva al agua embotellada y la entrega de dos litros diarios de agua mineral para población vulnerable. También, algunas medidas estructurales, como una obra para tomar agua dulce del río San José, con una represa precaria para contener el agua dulce.
Las autoridades divulgaron recomendaciones para ahorrar agua en los hogares. Nunca hubo tanta atención por el pronóstico del tiempo, con el deseo de lluvias.

Unas lloviznas aisladas de un par de días a mitad de julio permitieron una suba significativa del agua en la planta principal y a partir de ahí, el agua volvió a lo de siempre, sin sal por la canilla. Pero eso podrá mantenerse si persisten las lluvias.

Mientras tanto, se ha hecho común ver a la gente cargando bidones de agua mineral, carritos de supermercados llenos de botellones, Y se ha empezado a valorar un bien que no se valoraba antes, cuando abundaba, cuando parecía que era infinito.

Los niños de 2023 tendrán una lección que contarán en el futuro, por haber aprendido a cuidar el agua, por lavarse la boca sin dejar la canilla abierta, por ducharse en menor tiempo, por saber que el agua potable es tan necesaria como valiosa.

El presidente Luis Lacalle Pou llamó esta semana a mantener los cuidados, porque la mejora que tuvo el agua en los últimos días no está asegurada si no vuelve a llover.

Un año en el que los uruguayos asumieron que hay que cuidar el agua. Y un año en el que se vuelve a la infancia con aquel viejo cantito: “que llueva, que llueva…”.

Fuente: Nelson Fernández (Corresponsal en Uruguay)

 

By omalarc

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