Por Eduardo de la Serna

En un diario suele haber diferentes artículos, además de diferentes secciones. Hay noticias, que simplemente comunican un acontecimiento (real o ficticio, debemos decirlo), hay análisis, en estos casos habitualmente firmados por periodistas (o pseudo) del mismo diario o – a veces – invitados según el tema (es habitual, en los buenos diarios o los que fungen de tales, invitar a diferentes opinadorxs para mostrar una amplitud de la que cada vez menos gozan), y finalmente “la editorial”, la doctrina del diario que, la escriba quien la escribiere, suele ser sin firma porque es el diario mismo quien la rubrica. Es la “línea editorial”. No todos los diarios lo tienen, digámoslo, pero – por ejemplo – en Página 12 el director del diario, Ernesto Tiffenberg, suele publicar notas y las firma, lo cual no es “cualquier firma”, sin duda.

Quien compra un diario suele conocer la “línea editorial” salvo que sea muy ingenux. A su vez, señalemos, que no necesariamente todos los días los diarios tienen “editoriales”, pero es habitual que, en lugar de estas, haya en las páginas “centrales” (o principales) notas de los columnistas estrella del diario, que no son “la opinión” del diario, pero “casi”.

La próxima beatificación del asesinado obispo de La Rioja Enrique Angelelli mereció hoy (30 de julio) una “editorial” del diario La Nación, que se autodenomina “tribuna de doctrina” [https://www.lanacion.com.ar/2157470-una-beatificacion-de-tono-politico-ideologico].

Una mirada del texto permite ver una clásica jugada de este diario en estos tiempos: una crítica por elevación al papa Francisco (como se ve en el hecho de que el impresentable Loris Zanatta sea columnista habitual del diario), una crítica a la política de Derechos Humanos del gobierno anterior y lo poco que queda de ella en el poder judicial cooptado por el presente e igualmente impresentable gobierno, una crítica a una “Iglesia de los pobres” (algunos recordamos que Angelelli era llamado “Satanelli” en tiempos de la Triple AAA, por ejemplo), una crítica a (algunos de) la actual Conferencia Episcopal Argentina (o al menos a Marcelo Colombo, que, hasta la semana que viene, es obispo de La Rioja, luego trasladado a Mendoza)… Esto acompañado de una foto sacada de contexto (fue en la remodelación de una sala de primeros auxilios donde se celebró una misa y había detrás un cartel de montoneros; muchos hemos celebrado misas en diferentes lugares y no nos ocupamos de la “decoración” del lugar).

No hace falta comentar la editorial de una “tribuna de doctrina”, especialmente cuando estamos en las antípodas de esta doctrina. Recordamos siempre el dicho de Arturo Jauretche: “Cuando me levanto por la mañana con una duda sobre algo, leo el diario La Nación, me fijo en lo que dicen ahí y me paro en la posición contraria”. La Nación es Mitre, la guerra de la “triple infamia”, es la Sociedad Rural, es Capitalismo, es Dictadura, es Papel Prensa, es Macri… No hace falta responder, sería gastar la yema de los dedos. Simplemente señalo que celebro que los asesinos de Angelelli (al menos algunos) hayan sido identificados y condenados por un tribunal de justicia independiente (porque algunos jueces independientes hay, debemos decirlo). Celebro que la diócesis de La Rioja se haya constituido en querellante, como más tarde lo hizo San Isidro con el martirio de Pancho Soares, los palotinos con los suyos y – deseemos – lo sean muchos más. La publicación de los archivos vaticanos, pobre e incompleta, por lo que parece, es un paso importante y de desear que se amplifique (a los capellanes militares, por ejemplo). Celebro que Angelelli sea beatificado, él y sus compañeros Carlos, Gabriel y Wence (como celebro lo de Romero, y ansío el reconocimiento de decenas y decenas más). Celebro que haya un reconocimiento – al menos implícito – de que hubo una jerarquía cobarde (y amiga de La Nación: “muchos obispos son más asiduos lectores de La Nación y de Criterio que de la Biblia”, decía mi mamá) pero también hubo una Iglesia de los pobres que hizo suya su voz y con ellos unió su sangre. En suma, celebro la editorial de La Nación, me sentiría casi mal si no dijeran nada. Estaría con una desorientación jauretchiana. Pero ver que aplauden al gobierno, celebran en La Rural, esconden noticias mientras pueden, y – ahora – critican la beatificación que muchos celebramos es casi como una “anti-Biblia”, casi como una “palabra de Dios por la negativa”. Desde la “vereda de enfrente” celebramos a los esbirros de la muerte con su doctrina marcándonos el camino. ¡A Dios gracias!

TEXTO COMPLETO PUBLICADO EN LA NACIÓN

Una beatificación de tono político-ideológico

El 4 de agosto de 1976 falleció monseñor Enrique Angelelli, tras el vuelco del automóvil en el que viajaba en la ruta nacional 38, en La Rioja, junto al padre Arturo Pinto, quien sobrevivió. En el sumario inmediatamente labrado, luego de exhaustivas medidas de prueba -autopsia, peritaje accidentológico, fotos en el lugar del suceso y la declaración de Pinto, en la que alegó pérdida de la memoria y estado de shock-, se archivó la causa que en su momento se caratuló “Angelelli, monseñor Enrique A. s/fallecimiento”.

Pero varios años después, el fraile Antonio Puigjané, guerrillero que participó en el ataque al cuartel de La Tablada, alzándose en armas contra el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín, formuló en Neuquén una denuncia en la que planteó la hipótesis del asesinato de Angelelli. En sentido contrario, en 1988, el diario La Prensa publicaba una declaración de monseñor Bernardo Witte, obispo de La Rioja, que expresaba: “Nos sorprendimos de que la misteriosa muerte de monseñor Angelelli haya sido caratulada de asesinato sin que se tengan las pruebas suficientes”.

Declaraciones de un testigo del hecho, Raúl Alberto Nacuzi, afirman que el conductor no era el obispo, sino Pinto, que fue quien instaló la versión de que un automóvil los iba persiguiendo para luego refugiarse en la supuesta pérdida de memoria. Al declararse incompetente el tribunal y, luego de recabarse nuevas pruebas y revisarse las adoptadas, la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba expresó en 1990 que, a pesar de las investigaciones y comprobaciones, resultaba imposible asegurar que el accidente hubiera sido provocado por una acción dolosa. Otros testigos declararon no haber visto ningún otro vehículo en el lugar, ni tampoco alejándose del accidente. Agotada la investigación, el tribunal dictaminó que, “atento que los medios de justificación acumulados no son suficientes para demostrar la perpetración del delito, en concordancia con lo dictaminado por el fiscal de cámara, este tribunal estima pertinente dictar el sobreseimiento provisional de la presente causa”.

En julio de 2014, el Tribunal Oral Federal en lo Criminal de La Rioja, considerando que se trataría de un crimen de lesa humanidad, arribó a la conclusión opuesta, lo cual no sorprende, dado que responde a la concepción imperante -en ese entonces y actualmente- respecto de que tales delitos pueden ser juzgados al margen de lo que fija el derecho penal y constitucional. Se condenó así a prisión perpetua al general Luciano Benjamín Menéndez y al comodoro Luis Estrella por el “crimen” (sic) de monseñor Angelelli, imputándolos como autores “mediatos”, una construcción jurídica de la que se ha hecho abuso en esta clase de juicios. En ese caso, permitió condenar a superiores jerárquicos de un crimen nunca probado, y en el que no existen autores “inmediatos”. La sentencia dio por cierto que el vuelco del auto en el que viajaba Angelelli tuvo su origen en la maniobra intencional de otro vehículo que cumplía órdenes impartidas por los jefes militares.

Aun si hipotéticamente fuera un asesinato, Angelelli no hubiera sido mártir por defender la fe. El obispo riojano tenía una activa y probada vinculación con la organización terrorista Montoneros. En la foto que acompaña este texto se lo ve oficiando misa con el cartel de esa agrupación a sus espaldas, mientras en sus homilías se pronunciaba a favor de la subversión y proponía armar a los jóvenes.

Con una beatificación o la canonización, la Iglesia proclama la ejemplaridad cristiana de la vida de una persona y autoriza su culto. Nunca se debe proponer un modelo violento y sectario. Por esta razón, no encontramos acertadas las palabras del actual obispo de La Rioja y vicepresidente segundo del Episcopa