Por Mariana Carbajal para Página 12

Evita, gran defensora del sufragio femenino, votó desde la cama del policlínico donde estaba internada, recién operada del cáncer de útero: ya estaba muy enferma. Fue el 11 de noviembre de 1951, hace 70 años, en la primera elección nacional en la que las mujeres pudieron elegir y ser elegidas, un hito de la historia política y de la lucha por los derechos de las mujeres.

En esos comicios, paradójicamente, los votos femeninos fueron más que los masculinos: un 90 por ciento de mujeres acudieron a las urnas frente al 86 por ciento de los varones. “Votaron efectivamente 3.777.494 varones y 3.816.654 mujeres, que sumaron 7.594.148 votantes. El Partido Peronista incluyó a 23 candidatas a diputadas y seis a senadoras nacionales”, apunta en diálogo con Página 12 la investigadora del Conicet-UNTREF Carolina Barry, autora de Evita Capitana. Todas entraron al Congreso. Además, se eligieron tres delegadas territoriales, y 97 legisladoras provinciales. En total resultaron electas 133 mujeres, una cifra inédita en esos tiempos en Latinoamérica. “Lo interesante es que la inclusión de mujeres en las listas se dio a partir de la decisión política, y no por la imposición de leyes que fueron necesarias luego” destaca Barry, en referencia a la Ley de Cupo en 1991, y la de Paridad, ya más reciente, en 2017. El radicalismo, principal partido de la oposición, no incluyó a ninguna mujer como candidata.

 

Ellos, los varones, dueños de la historia, consideraban que las mujeres no tenían derecho a votar o a ser votadas. Aunque las luchas sufragistas se iniciaron a principios del siglo XIX, y hubo precursoras como Julieta Lanteri, y más de una veintena de proyectos de ley en el Congreso –el primero presentado por el socialista Alfredo Palacios, en 1911– fue durante el gobierno de Juan Domingo Perón, en 1947, cuando se sancionó la Ley 13.010 de voto femenino, donde tuvo un rol destacado la figura de Eva Perón, que creó el Partido Peronista Femenino.

En esa primera elección en la que las mujeres comenzaron a ejercer su derecho al voto se elegiría presidente y vicepresidente, gobernadores, y legisladorxs nacionales y provinciales, para el período 1952-1958, bajo la Constitución reformada de 1949, que establecía una elección de una sola vuelta, voto directo, un mandato presidencial de 6 años y reelección indefinida.

–¿Cómo se llega a esa primera elección de 1951? –le preguntó a Barry este diario.

–El 4 de junio de 1946, Argentina comenzó un nuevo ciclo constitucional luego del gobierno militar que había iniciado tres años antes. Después de las elecciones de ese año, Perón asumió la Presidencia de la Nación y comenzó a funcionar, nuevamente, el Parlamento. Al abrirse el período legislativo, diferentes fuerzas políticas presentaron proyectos de ley sobre el derecho al voto femenino. Como es habitual, cada uno contaba con un nombre que sintetizaba el espíritu del mismo. Si bien todos apuntaban a equiparar los derechos políticos de las mujeres con los que poseían los varones, el que presentó el diputado oficialista Eduardo Colom fue más explícito, al titularlo “El derecho a elegir y ser elegida”, lo cual marcaba una diferencia que, como veremos, no sería tan sutil como parece. La propuesta no dejaba dudas sobre las dos derivaciones que tendría la ley. Distintos estudios llevan a pensar que, para esos años, la aceptación de extender el voto a las mujeres no contaba con mayores oposiciones, salvo casos aislados. Lo que sí generaba disidencias no tan abiertamente explicitadas pero latentes era la posibilidad de ser candidata, de ser elegida. Una diferencia no menor entre la aplicación del voto activo y el voto pasivo. La ley de sufragio asumió la forma de una apuesta a favor del armado de un cuerpo político y electoral nuevo. La transformación de las mujeres en votantes y potenciales candidatas electivas implicaba el paso al ejercicio cabal de la ciudadanía, al tiempo que abría un panorama de cierta zozobra acerca de cómo ésta sería ejercida. Este paso tendría, en principio, dos ejes: el primero, la práctica del voto y las formas de inclusión real de las mujeres en los partidos; el segundo, los cambios y los reacomodamientos sociales y políticos que estas prácticas traerían aparejadas.

Las censistas de Evita
En menos de dos años, el Partido Peronista Femenino abrió unas 3600 unidades básicas femeninas en todo el país y, así un movimiento de mujeres se integró en el partido a partir de políticas específicas y exitosas, señala Barry. Las censistas de Evita tuvieron un rol fundamental en la previa de la elección. “Primero, organizaron el partido en todas las ciudades, pueblos y caseríos del país; segundo, se ocuparon de ayudar en el proceso de enrolamiento y empadronamiento de mujeres; tercero, hicieron la campaña electoral. Muchas de ellas fueron elegidas por las listas del partido. Además, entrenaron a las mujeres en la votación. A través de las unidades básicas femeninas, organizaron simulacros de votos. Había un instructivo. Algunas sugerían que se pusieran la boleta electoral adentro del corpiño, una costumbre de la época entre algunas mujeres para llevar incluso dinero. Las censistas estaban entrenadas por Eva para hacer estos trabajos”, cuenta Barry, integrante de la Red de Politólogas.

La situación en otros partidos era diferente. La UCR, el principal partido de la oposición, no presentó mujeres en sus listas nacionales. Tampoco el Partido Demócrata. El Partido Socialista, en cambio, una candidata a diputada nacional en Córdoba y en Tucumán. Mientras el Partido Comunista no solo incluyó mujeres en sus listas, sino que lo hizo en lugares destacados: dos candidatas a diputadas en Córdoba y Tucumán y dos a senadoras en Buenos Aires y Santa Fe, y también a vicepresidenta. Pero ninguna llegó a ser elegida.

“Un tema singular es que, en la primera elección en que votaron las mujeres en la mayoría de los países, en el mejor de los casos tuvieron una candidata, que en general se trataba de la activista más reconocida en las luchas sufragistas. En la Argentina fue distinto”, dice Barry. En la lista del Partido Peronista a convencionales constituyentes de La Pampa había un 26 por ciento de mujeres. Fueron las primeras convencionales mujeres de Argentina. Otra característica de esa elección es que una mayor cantidad de mujeres que varones votaron al peronismo. “Cifras enormes de mujeres votaron al oficialismo. Hubo una media nacional del 57 por ciento, con provincias como Chaco donde lo votó el 83 por ciento del padrón femenino, mientras que en la provincia que obtuvo menor apoyo de mujeres fue Córdoba, con el 52,7 por ciento. Pasó a la historia: en la primera elección que pudieron votar, lo hicieron mayoritariamente por Perón”, señala la investigadora del Conicet-UNTREF.

Fue además, la elección en la que las monjas votaron por primera vez. Hasta ese momento no podían por ser religiosas.

“Había una situación que no era menor: La enfermedad de Eva Perón. Estaba en cama desde hacía varias semanas, había sido operada. En las semanas previas a la elección, la CGT dos veces suspendió la campaña electoral diciendo que no se podían ocupar en otra cosa que no fuera en pensar en ella. Lo mismo sucedió en algunas provincias donde pedían por la salud de Eva”, recuerda Barry. Fue la única vez que pudo votar Evita antes de su temprana muerte.

El Partido Peronista Femenino fue “el semillero” que nutrió las listas de candidatas; salvo pocas excepciones, todas integraban el partido en distintas instancias organizativas, cuenta la investigadora. “En esas primeras elecciones de 1951 y las que le siguieron en 1954 a nivel nacional, y en las de las nuevas provincias, en 1953 y 1955, el porcentaje de mujeres en el Congreso llegó a cifras inusuales para la época, pero también para las décadas siguientes, en que fue precisa la aplicación de normas específicas que garantizaran su inclusión en las listas partidarias”, señala Barry. Hacia 1955, cuando se produjo la caída del gobierno de Perón, el Congreso contaba con un 23,31 por ciento de mujeres en sus bancas, todas pertenecientes a la misma fuerza política: el Partido Peronista.