Médico, radical, fue despedido del Ingenio Ledesma por atender con dedicación a sus obreros y después echado de la intendencia y enviado a la cárcel por cobrarles impuestos a los Blaquier. Una patota lo secuestró el 13 de mayo de 1977.

La vida del médico es una suma de luchas desiguales contra un poder feudal. El despido del Ingenio Ledesma por atender con dedicación a sus obreros, la cárcel por cobrarle impuestos al establecimiento de los Blaquier y finalmente la desaparición por regresar a su lugar en el mundo. Se cumplen hoy cuarenta años de su secuestro durante la dictadura cívico-militar. Salía del hospital Presbítero Escolástico Zegada en el pueblito de Fraile Pintado y un grupo de tareas se lo llevó en su propio auto. Terminó en el centro clandestino de detención de Guerrero, a 16 kilómetros de Jujuy. Allí donde los familiares de otras víctimas del terrorismo de Estado acuden con sus ofrendas cada 1° de noviembre, en el Día de las almas. Pero hay quien cuenta que lo mataron de dos tiros en los fondos del emporio azucarero, junto a un palomar. Intendente radical de Libertador General San Martín en 1973 y pediatra de niños desnutridos, estaba hecho de una sola pieza. Su compañera Olga Márquez era igual. Lo esperó dando vueltas a la plaza del pueblo. Casi siempre sola en cada ronda y cubierta con el pañuelo blanco de las Madres.
Sin respuesta de Gerardo Morales
Cuando desapareció, Arédez tenía 47 años. Había nacido en Tucumán el 21 de noviembre de 1929. Se conoció con Olga en el colegio nacional de Aguilares, el único secundario de la época. Luis llegó desde el ingenio La Corona, donde su padre peronista era un empleado jerárquico. Olga desde La Trinidad. Su familia numerosa –los Márquez Galván–, militaba en el radicalismo y solía entreverarse en peleas con los conservadores. “Mi abuelo materno fundó la UCIT, la Unión de Cañeros Independientes de Tucumán. Le vendía su producción al ingenio La Trinidad. Era un radical yrigoyenista que se llevaba muy bien con mi viejo. Creo que de esa relación, él tomó la idea de hacerse radical. Era un tipo de palabra”, le cuenta a PáginaI12 Ricardo Arédez, el menor de los cuatro hijos del matrimonio y el único que vive en Buenos Aires. Adriana es vecina de Tilcara; Olga y Luis residen en Tucumán.

La vida de la pareja siguió en Córdoba. Ahí estudiaron. Él para médico y ella para odontóloga. El flamante doctor Arédez quedó impresionado con el golpe de 1955. Atendió heridos y vio la muerte de cerca. Investigaciones históricas determinaron que hubo al menos 112 muertos en la provincia donde se alzó el general Eduardo Lonardi contra Perón. En 1958 se radicó en Ledesma. Pedían profesionales de la medicina y lo nombraron de inmediato. Pero comenzó a toparse con las privaciones que pasaban los más humildes del pueblo.

“El ingeniero Arrieta, el padre de Nelly, la esposa de Carlos Pedro Blaquier, le dijo a mi padre que ocasionaba muchos gastos para la empresa porque recetaba medicinas para saber el estado de salud de los niños. Que lo único que le interesaba era producir. Fue así que lo echaron, pero como estaban en plena zafra, el sindicato de obreros hizo una huelga general y Arrieta se vio obligado a reincorporarlo hasta que terminara la cosecha de caña”, recuerda Arédez, único testigo de un operativo clandestino contra su casa el 13 de junio de 1977, un mes después de que desapareciera su padre. Es uno de los hechos que todavía está pendiente de juicio en la causa contra Ledesma. Igual que La noche del apagón y la responsabilidad civil del ingenio en la represión. Aquella vez, el menor de la familia identificó como jefe de la patota a Juan de la Cruz Kairuz, un ex futbolista y director técnico que cobraba sueldo de la empresa y además trabajaba como policía.

La tarea social del doctor Arédez y el respeto que se ganó entre los obreros del ingenio desembocaron en su candidatura a intendente por el Frejuli. No les importaba que fuera radical. Aunque se impuso en las elecciones con más del 50 por ciento de los votos, su gobierno apenas superó el año. Tiempo suficiente para que le cobrara a Ledesma los impuestos que nunca le había pagado al municipio. El médico de los pobres tomó esa medida que irritó a la empresa contaminante. La sumó al ejido municipal junto al pueblo que lleva su nombre. Así tuvo que tributar. Pero además aplicó las leyes provinciales 1814 y 1655 con las que levantó cinco mil viviendas y dotó de alta tecnología al hospital.

Una patota armada con ametralladoras le arrebató el cargo. El operativo llevaba la marca en el orillo de la Triple A. Consumado el golpe del 76, incluso antes –en enero de ese año fue allanada la casa veraniega de los Arédez en Tilcara– el médico radical se transformó en un blanco militar. Fue detenido y conducido en una camioneta del ingenio a la cárcel jujeña de Gorriti. De ahí lo pasaron a la Unidad Penal N° 9 de La Plata. La dictadura lo liberó a mediados de marzo de 1977. Durante ese año de detención su padre murió de cáncer y no le permitieron visitarlo. Su hijo Ricardo lo atribuye a una orden del genocida Antonio Domingo Bussi. Cuando Luis regresó a Libertador General San Martín era otro hombre.

“Yo no lo reconocí a él porque cuando bajó del auto estaba muy flaquito, con un semblante muy triste y el pelo muy cortito, tipo milico. Después nos enteramos de que había tenido un infarto”, cuenta el menor de los Arédez. Contra las sugerencias de familiares y amigos, el médico del pueblo había regresado a su casa. Desde el ingenio Ledesma le auguraban varios años de cárcel. Olga lo había escuchado del propio Alberto Lemos, el ingeniero que administraba la empresa. Pero a ella y su familia los esperaba un desenlace peor. El 13 de mayo secuestraron a Luis después de que lo despidieran a las puertas del hospital la doctora Perla de Chocobar y Mario Yeoryakis. Nunca más volvió.

El doctor Arédez se transformó en aquello que con cinismo, el dictador Videla definió como “una incógnita, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo”. Ricardo recuerda hoy a su padre en otra dimensión: “El decidió ayudar a los humildes apenas llegó a Jujuy. A nosotros, sus hijos, nos llevaba los domingos a las villas mientras mi mamá hacia trabajo social y él atendía a los más chicos. Siempre nos decía que quería que aprendiéramos que teníamos una vida muy distinta a la de la gente humilde. Que esos obreros de Ledesma eran explotados y nunca gozarían de una vida como la nuestra”.

Fuente: Página 12