La lucha por el cupo femenino de cara a la renovación de autoridades de la central obreraLas sindicalistas quieren romper el techo de cristal en la CGT

Cuando este fin de mes, la Confederación General del Trabajo (CGT) defina su temario para el congreso que se realizaría entre octubre y noviembre, con vista a la renovación de autoridades, la participación femenina se impondrá entre las prioridades de la representación gremial. La central obrera tiene previsto ajustar su cinturón, acorde a los cambios de época. Si bien por ley, se establece un cupo del 30 por ciento de mujeres en sus cargos directivos, esto no se aplica. Y sus dirigentes ya ven la necesidad de aggiornar el andamiaje para revalorizar su estatus de representatividad.

 

Hoy, solo Noemí Ruiz, secretaria general de Unión de Trabajadores de Moda e Imagen Publicitaria, conocida como AMA (Asociación de Modelos Argentinas), ocupa un cargo en esa conducción, a pesar la “Ley de cupo sindical”, en la que Ruiz trabajó intensamente. “La ley todavía no se aplica adecuadamente” explica Ruiz a Página/12. Es la secretaria de Igualdad de Oportunidades y Género en el Consejo Directivo de la central obrera, e ingreso junto a Sandra Maiorana, quien ocupaba la Secretaría de Salud Laboral, por la Asociación de Médicos de la República Argentina (AMRA), respaldada por Hugo Moyano.

La presencia de dos mujeres en la central fue un logro. Luego de la ruptura de Moyano con la CGT, hoy liderada por Carlos Acuña y Héctor Daer, que se vio reflejada en el distanciamiento de Juan Carlos Schmid, Maiorano se mantuvo en su cargo dos años. “Noemí y yo fuimos las únicas que ingresamos cuando empezó el triunvirato, y me fui por decisión de mi gremio”, confirma Maiorano. Médica, sigue en la actividad gremial en Santa Fe, su provincia. Cree que “la apertura en la CGT tiene que darse, ir a elecciones, y que las mujeres ingresen” sostiene. Y arriesga: “Y puedan conducirla”.

 

La Ley 25.674 de cupo sindical femenino se promulgó el 8 de marzo de 2003, en el Día Internacional de la Mujer y establece un mínimo de 30 por ciento de mujeres en las conducciones gremiales. “Pero el cupo es acorde al padrón de cada organización –explica Ruiz–, por lo cual, hay un corset definido por el 16 por ciento comprobable en los padrones, cuando en realidad la proporción de mujeres es mayor, y el mundo laboral incluye cantidad de actividades que no se registran”.

Ya se ha mostrado, sostiene Ruiz, que la fuerza económica y laboral “exige igualdad de oportunidades porque hay igualdad de responsabilidades”. Su mirada sale del foco tradicional centrado en los roles docentes o los gremios de salud, donde predomina la participación femenina. Habla del 56 por ciento de la mano de obra global: “Desde el ama de casa a la compañera cartonera, porque la economía popular es parte del mundo trabajador, y no se la tiene en cuenta”.

 

En el mundo del trabajo, el “techo de cristal”, se impone más allá de los padrones. Para Angélica Graciano, secretaria general de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE), “la participación política para las mujeres es complicada en el campo sindical porque exige estar, poner el cuerpo, fuera del horario de trabajo, y las mujeres sienten que, por sus responsabilidades familiares, no van a poder asumirlo. Eso limita el grado de participación político sindical. Pero es una marca social, los gremios reflejan el modo en cómo se estructura no solo una carrera laboral, sino también la trayectoria sindical”.

La nueva época

 

Noemí Ruiz es parte del secretariado de la CGT y miembro titular del Comité de Mujeres Trabajadoras de las Américas. “Hemos marcado el rumbo en políticas de genero desde hace 14 años –refiere–, planteamos la autonomía del cuerpo, la autonomía económica de la mujer, que es donde más se sufre la desigualdad, porque lo primero que se recorta es el poder económico a los efectos de someter, y el empoderamiento para acceder a puestos de decisión en cargos políticos y sindicales”. La búsqueda, explica, fue desde entonces  “para llevar adelante un proceso igualitario y de gran dialogo”.

 

Convencida del poder da la unidad, Ruiz destaca el rol de las mujeres en los puentes que construyen incluso entre las centrales: “Tenemos diálogo fluido, estamos alineadas y siempre impulsamos la unidad entre las centrales, aunque me decían que era indisciplinada por hacerlo, yo decía que solo en la unidad íbamos a encontrar nuestra fuerza”, puntualiza. Graciano aporta: “Nos encantaría como mujeres sindicalistas, que las representaciones gremiales tuvieran la proporción real que se presenta en las actividades. Hay que seguir peleando por eso y en unidad. Y no permitir que el patriarcado nos gane generando competencias y rivalidades”.

Hoy, cuando los grupos de mujeres en luchan por sus derechos han crecido tanto hasta transformarse en una “marea”, ella reafirma: “La fuerza es la unidad, lo vivimos cuando impulsamos el cupo, necesitábamos la unidad de todas, trabajadoras, universitarias, empresarias, y lo hicimos”, recuerda. Valora en ese recorrido el “reconocimiento de los compañeros que acompañaron”. Eran “tiempos bravos, con peligro de vida, pero queríamos cambiar el status quo. Sabíamos que era difícil, pero yo decía a mis compañeras: No aflojemos, esto no es un juego de niñas, pero vamos a lograrlo”. Y añade: “Las mujeres somos conscientes del lugar donde estamos, y no es como la historia nos quiso plantear en la vieja concepción de la mujer loca o histeria”. El sello del patriarcado comienza a diluirse en la actualidad.

 

Historia con nombres de mujer

El mundo del trabajo es un lugar inhóspito y discriminador para las mujeres. Un reflejo de la sociedad en la que se desarrolla. “Nosotras ingresamos masivamente al mundo del trabajo con gremios como el de costureras, enfermeras, la docencia, pero no votábamos –señala Graciano–, no se nos permitía. Que una mujer se sindicalice estaba mal visto”. Pero hubo mujeres que fueron marcando rumbos. “Las mujeres de principio del siglo XX, las obreras textiles” apunta, sobre las manos anónimas que construyeron el camino. “Está Eva (Duarte de Perón) –destaca–, y hoy está Cristina (Fernández de Kirchner), una mujer brillante, inteligente, de principios, ella marca una época”. Y agrega: “El gran cambio a partir de los años ’80, se da con las Madres de Plaza de Mayo, ahí tenemos una cronología interesante donde abreva el sindicalismo docente, el peronismo, el movimiento de Derechos Humanos”.

“No habría un desarrollo de políticas sociales como el que existe hoy sin la fuerza de las mujeres en la actividad económica del país” describe Ruiz. Habla de “compañeras formadas”, que “ocupan lugares donde hay compromiso”. Graciano refiere a quienes se impusieron al mero “acompañamiento” diseñado por el patriarcado para las mujeres en la historia gremial: “Vanesa Siley en judiciales, Alicia Castro en aeronavegantes, en CETERA desde Mary Sánchez, pasando por Stella Maldonado, a Sonia Alesso, las excepciones”, puntualiza.

 

Pero en la central obrera más poderosa del país el cupo femenino es un pendiente. “No lo respetaron nunca” define Maiorana. “Mi gremio lo cumple –afirma–, pero por una elección de sus afiliados, y otra cosa es el Consejo donde participan los representantes. Siempre hubo pocas mujeres, soy una de ellas. Y que se llegue al 30 por ciento ¡ni siquiera hablar de paridad! me parece difícil, porque los cargos importantes no se los dan a mujeres”.

 

El lugar de la mujer queda en segunda y tercera línea dentro de esa composición gremial. Maiorana le encuentra una explicación: “Si bien avanzamos mucho, hay que tener en cuenta que mientras vos trabajas y no reclamas, no pasa nada, pero cuando planteas reclamos o diferencias, empiezan las disputas”.

 

La ley de cupo “nace de ese dolor y de esa rebeldía” aporta Ruiz. Y lo explica: “Hoy las normativas acompañan los procesos políticos y sociales, se adaptan, es lento, pero se está dando. Años atrás, cuando se hablaba de esto, solo se reconocía el comercio, la manufactura que reúne gran cantidad de mano de obra femenina, y se dejaba afuera a gran cantidad de gremios, los agujeros grises y a veces negros, y ahí está la violencia que sufríamos en cualquier puesto de trabajo”.

 

En el congreso de 2016, no se pudo poner el 30 por ciento del cupo recuerda Ruiz. “Había una fragmentación marcada, porque la central es la representación de la sociedad”. Para Graciano, los sindicatos tendrían que tener leyes de paridad que representen el porcentual que corresponde a cada actividad. Históricamente a las mujeres nos manda a acción social, cultura, y ahora a género y DDHH, pero las máximas responsabilidades son para varones”. Hay mucha misoginia, coinciden. “Y el poder, es una de las peores adicciones” sentencia Maiorana. “Y el patriarcado intenta reponerte en el lugar de subalteridad en las relaciones, hay que moverse de ahí –apunta Graciano–, sino, estas siempre rindiendo exámenes. Y no es así, estamos organizadas y en lucha”.

 

Según Graciano el problema de las mujeres en el mundo laboral se define en “la gran diferencia en lo regímenes de acceso al trabajo, aun con los avances de estos últimos años, hay un problema serio con las licencias por embarazo, por edad fértil, por el cuidado de niños y de los mayores. En las empresas todo eso se pregunta, se sondea y se evalúa” afirma.

 

Sobre esa trama reposa el patriarcado. Ningún hombre quiere correrse y delegar, afirman. Pero el tono de época impone el cambio. “Las mujeres hoy cotizamos en bolsa –define Maiorana–, vale tener una mujer y las buscan, pero las diezmaron durante tanto tiempo que tienen pocas, y a las más capaces les tienen miedo”. Ruiz confirma que delegar en las mujeres las decisiones “es lo que más les cuesta a los compañeros”. Maiorana añade: “Lo importante es que las mujeres entendamos que nosotras tenemos que creer en nosotras, estar seguras de quienes somos, va a llevar mucho tiempo, pero tenemos que tener metas, a corto mediano y largo plazo”.