El autor de “Cámara Gesell” y de “El oficinista” fue invitado a abrir el evento. Dedicó párrafos contundentes a funcionarios, editores, empresarios papeleros, a la organización de la Feria y a los escritores que no cobran por su trabajo.

“Fue incómodo. Todavía estoy pensando cómo me pega”. “Durísimo, repartió para todos lados”. “Se fue al pasto”. “Está bien que algo incómodo nos ponga a pensar”. “Picantísimo, el más picante que escuché en estos actos”. A la salida del acto inaugural de la 46° edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires había consenso: el discurso de Guillermo Saccomanno, el escritor invitado a pronunciar las palabras finales de la apertura, había sacudido a todos los que lo habían escuchado. Nadie podía permanecer indiferente ante un discurso que, por su dureza y por la variedad de temas que abarcó, sin duda había dejado alguna bala picando cerca de cada uno de los sectores que integran la cadena del libro y que este jueves tenían en ese acto su reencuentro tan esperado después de dos años sin Feria.

“No se adelanten, a algunos no les va a gustar”, advirtió el autor de Cámara Gesell apenas escuchó los aplausos unánimes del salón central de La Rural. Es el espacio que se dedicó esta vez a la inauguración porque el pabellón Frers, donde se instala habitualmente la sala Jorge Luis Borges, alberga ahora la exposición Imagine Van Gogh. La unanimidad de esos aplausos fue en declive: algunos sectores -industriales y también geográficos, dentro del salón- fueron bajándose de la celebración del discurso con el correr de las críticas. La contraparte fue que los que aplaudieron hasta el final, lo hicieron cada vez más fuerte.

“Decir Feria implica decir comercio. Esta es una Feria de la industria, y no de la cultura aunque la misma se adjudique este rol. En todo caso, es representativa de una manera de entender la cultura como comercio en la que el autor, que es el actor principal del libro, como creador, cobra apenas el 10% del precio de tapa de un ejemplar”, dijo Saccomanno. “Cuando fui convocado planteé dos cosas: leer los discursos de quienes me antecedieron y el pago de honorarios. Sólo pude leer, gracias a la inquietud de Ezequiel Martínez (N. de la R.: director ejecutivo de la Fundación El Libro), a los últimos cuatro o cinco discursos. La organización de la Feria, presumo, no conserva los anteriores, lo que puede interpretarse como desidia hacia lo que esas voces reclamaron en cada oportunidad. Con respecto a mis honorarios, Ezequiel, además de honesto periodista cultural, hijo de un gran escritor, no puso reparo. Es más, coincidió en que se trataba, sin vueltas, de trabajo intelectual. Y como tal debía ser remunerado, aunque hasta ahora, como tradición, este trabajo hubiera sido, gratuito. No creo que mencionar el dinero en una celebración comercial sea de mal gusto. ¿Acaso hay un afuera de la cultura de la plusvalía?”, sumó el autor.

“Acá se habla de los riesgos de la industria, se repite retórica la necesidad del acceso a los libros, se habla y se habla. Parafraseando a Greta Thumberg, blablablá. Pero cómo hablar de lectores, me pregunto, si se elude desde los estamentos gubernamentales la enseñanza y el aliento de la lectura, que no se arregla ingenuamente repartiendo fascículos literarios en las canchas ni con una candorosa primera dama leyendo cuentos a los chicos de vacaciones en Mar del Plata. No me voy a detener acá en los exabruptos fascistas de la ministra de educación porteña, tampoco en el menosprecio del ministro de cultura porteño por los premios municipales a la labor de creadores en literatura, teatro, música y artes visuales, subsidios a menudo en riesgo. Pero no puedo pasar por alto a un reciente ministro de educación nacional que, al encarar una enésima reforma educativa, declaraba no hace tanto que estábamos ante un ‘proceso de reorganización’ pedagógico”, sostuvo Saccomanno. El ministro de Cultura porteño, Enrique Avogadro, escuchaba en primera fila. Después del acto, frente a la consulta de elDiarioAR sobre los dichos del escritor, dijo: “Lo más importante ya lo dije, es la alegría por la reapertura de la Feria”. Y apuró el paso para irse.

“La literatura que me gusta no baja línea. Y, lo que escribo en esta hoja, tampoco baja línea. Simplemente soy descriptivo, estas son las cosas que se juegan para quienes elegimos este oficio. Inexorable, la tensión me impulsa hacia un nervioso desorden enumerativo. Asumo el riesgo de ser malentendido y juzgado como aguafiestas. Pero, a pesar del frenesí y la euforia de la organización y su expectativa en la facturación, nuestro presente no tiene mucho de festivo”, dejó sobre el escenario el escritor.

Enseguida, posó para la foto en el corte de cinta que inauguró oficialmente a la Feria. Todos sonrieron. Y la incomodidad se mudó a las charlas que se armaron a la salida del salón. Para algunos fue mucho. Para otros, un disparador para ponerse a pensar. Pero nadie pudo hacer como si hubiera escuchado llover.

El discurso completo de Guillermo Saccomano
Guillermo Saccomanno – by elDiarioAR