La ola de amenazas de tiroteos en los colegios de todo el país expone una fractura profunda. Cuando la vida se mide en likes y el mundo físico asusta, la violencia se vuelve un juego de píxeles y la escuela, un edificio de hace cien años intentando contener un tsunami digital.
En las últimas semanas, los baños de decenas de escuelas en Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Mendoza, San Luis y otras provincias amanecieron con mensajes calcados: “Mañana tiroteo”, “El que arriesga que venga”. Instituciones evacuadas, policías, escuadrones antibombas, padres desesperados retirando a sus hijos y aulas vacías. Todo bajo la sombra de lo que parece ser una macabra tendencia viral o un “challenge” de TikTok.
Para un joven hoy en día, marcar una frontera entre la realidad digital –gobernada por las reglas del algoritmo, las métricas y los likes– y el mundo analógico se ha vuelto una tarea casi imposible. En el universo virtual, una puñalada o un disparo son apenas un conjunto de píxeles y de bits que se ordenan de forma efímera para mostrar algo en un espacio de 6 pulgadas. Simplemente se scrollea para arriba y la puñalada, la piña, la violencia desaparece. Pero esa misma puñalada en el mundo analógico, a la salida de una escuela, es un compañero herido desangrándose en la vereda, una familia con la vida destrozada, una comunidad escolar entera sumida en la conmoción y el trauma.
El fenómeno es muy difícil de entender y de digerir. Hemos llegado a una época donde, frente a un hecho de violencia extrema en el patio o en la calle, muchos prefieren sacar el celular y filmar antes que intervenir. Se valora más el alcance en redes, el engagement y la viralidad que va a tener dicho video, que las consecuencias sobre la humanidad de los involucrados y el dolor del otro. Todo se termina viviendo como si fuera un juego. El algoritmo, el consumo frenético de pantallas y la búsqueda constante de validación terminan moldeando no solo las reglas del mundo digital, sino también las del asfalto que pisamos a diario.
Los pibes no pueden y, sobre todo, no quieren dejar de mirar el celular. Cada vez que un docente les pide que guarden el teléfono, ellos sienten el enorme, casi insoportable, peso de tener que estar presentes en una realidad que no conocen, que no saben cómo habitar, o que simplemente sienten que no los abraza ni los contiene. La vida, literalmente, se convirtió en eso que se te pasa por el costado mientras estás haciendo o consumiendo contenidos.
Frente a esto, la comunidad educativa está desconcertada y no sabe qué hacer. Las reglas del juego cambiaron demasiado rápido. El mundo de hace apenas cinco o seis años ya no tiene absolutamente nada que ver con el actual, pero la estructura de la escuela sigue siendo la misma que hace cien años.
Quienes conocemos desde adentro el esfuerzo diario que hacen las profesoras en las escuelas públicas de San Luis, y de todo el país, sabemos que no es cuestión de echar culpas. Se hace lo que se puede con las herramientas que hay. Directivos, preceptores y docentes han sido empujados a convertirse en meros burócratas o administradores de la angustia y la realidad de esos jóvenes que, en el fondo, también están haciendo lo que pueden para sobrevivir a su época.
Vivimos un vacío inmenso. Nadie sabe bien qué es vivir, para qué existimos a nivel colectivo, ni qué clase de personas queremos ser. Se vive una vida guionada exclusivamente para ser mostrada y digitalizada. Y quizás sea esa la explicación más triste de por qué todo termina dando lo mismo, y de cómo un absurdo challenge de TikTok termina pintando las puertas de los baños de los colegios, paralizando de terror a la comunidad educativa y obligándonos a preguntarnos, una vez más, en qué nos hemos convertido.
Fuente: Justa TV – 18 de abril de 2026,
